Conversaciones al lado de Cinecittá
NOTA DE CONTRACUBIERTA
Conocer el cine desde dentro no es una oportunidad que se pone con frecuencia al alcance de nuestras manos. Acostumbrados, como estamos, al impacto de la imagen en pantalla y al brillo de las Estrellas, no conocemos suficientemente que detrás de los nombres que han jalonado la historia del cine cubano (Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Manuel Octavio Gómez, Santiago Álvarez, Julio García-Espinosa, Fernando Pérez, Juan Carlos Tabío, entre muchos otros), existe un ejército de técnicos y especialistas —todos creadores también—, sin los cuales el arte y la industria cinematográficos no serían posibles.
En las entrevistas contenidas en "Conversaciones al lado de Cinecittá", ganan en visibilidad las voces de editores, sonidistas, diseñadores de vestuario, productores, asistentes de dirección, «trucadores», fotógrafos y personas que han desempeñado multiplicidad de oficios, a partir de una inmersión que, con la certera conducción de Arturo Sotto, nos introduce en las interioridades del cine cubano. Información de primera mano, anécdotas inéditas, acontecimientos que se esclarecen, explicaciones técnicas que develan la creatividad puesta a prueba en circunstancias difíciles, intimidades. Articulación, en fin, de una historia que pone ante nuestros ojos, desde dentro, la rica trayectoria de una institución, el ICAIC, que cumple ya medio siglo de aportaciones a la cultura nacional. Estas entrevistas, publicadas periódicamente en La Gaceta de Cuba, se reúnen por primera vez en este volumen.
Palabras de presentación del autor
El 25 de marzo de 1965, Titón escribía en una carta: “estoy ahora en función de miliciano, con el rifle descansando en las piernas, de guardia, cuidando uno de los edificios del ICAIC”.
¿Cuál podría ser ese edificio? Quizás alguna de estas casas, sentado en uno de estos bancos y muros (o en el que ahora tiene rejas) y que los más añejos conocen como el muro de las lamentaciones
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Palabras de presentación de “Conversaciones…” EN EL ICAIC.
El 25 de marzo de 1965, Titón escribía en una carta: “estoy ahora en función de miliciano, con el rifle descansando en las piernas, de guardia, cuidando uno de los edificios del ICAIC”.
¿Cuál podría ser ese edificio? Quizás alguna de estas casas, sentado en uno de estos bancos y muros (o en el que ahora tiene rejas) y que los más añejos conocen como el muro de las lamentaciones, el lugar donde coincidían todos para hablar de cine. En ese muro conocí a mi amigo, Pepe el Loco, corriendo, cámara al ristre, de un muro al otro, diciendo una cosa aquí y otra allá, jodiendo como era natural en él; y como tengo el vicio de dedicar a alguien la presentación de una película, entonces permítanme dedicarle a mi amigo, Pepe el Loco, la presentación de este libro.
Las fotos de Pepe y de Tom Mix ocupan casi el 90 % de las imágenes que ilustran este volumen, y ojalá algún día ellos tengan también su libro, porque, aunque no se reconozca mucho, esas fotos venden y representan también nuestro cine.
El pasado 14 de febrero se presentó el libro en la Feria, un hermoso día para anunciar un trabajo que se hizo con amor, pero, por sobre todas las cosas con un profundo sentido de eticidad, compromiso y admiración.
La verdad es que nunca se pensó en el libro, el proyecto inicial consistía en una serie documental seriada que abarcara a todos los hacedores de la imagen; una memoria visual, no literaria, que se pudiera agrupar por décadas o especialidades, de modo que en el futuro pudiéramos contar con una historia que no sólo se pudiera narrar (como en siglos pasados) por tradición oral. De hecho cuando propuse presentar el libro en el muro de las lamentaciones pocos sabían de qué muro se trataba.
Las intenciones o los propósitos, están expuestos en el prólogo de Norberto Codina y en la Introducción, así no voy a atormentarlos con la reiteración de algo que pueden leer ustedes mismos, no obstante si quisiera hacer referencia a unas palabras que leídas en la distancia pueden resultar discutibles y que vale la pena matizar.
En la conversación que sostengo con Mayuya se dice, a modo de replica:
La «selva oscura», como la llamaba Dante. Tampoco he querido decirle que nos hayamos sumido en un espíritu anoréxico. Si insisto en ello es porque no me agradan, ni comparto, las posiciones más inertes con respecto a nuestro cine; frases y comentarios que refieren nuestra industria como un dinosaurio viviente; formas encubiertas del desamor, como si hablaran de una muchacha que, como relata Sergio en Memorias…, llega a ese punto exquisito donde la mujer cubana pasa de la madurez a la podredumbre. Y aunque no me considere un «icaico» en su estricto sentido fundacional, siento el compromiso que se va conformando en la admiración y el agradecimiento como una voluntad que obliga reverencia, continuidad y no ruptura.
Una sentencia que niega la ruptura y se aferra a la continuidad, en arte, podría interpretarse como una actitud conformista, cómplice del inmovilismo (mucho más grave cuando se pronuncia en una Muestra de Jóvenes Realizadores), pero si expresé esa idea es porque el cine cubano se ha caracterizado siempre por su compromiso con la realidad en que se desarrolla, desde el espíritu critico, la osadía de lenguaje, la irreverencia culta y refinada del hacer y el pensar el cine cubano como un proyecto que se extiende más allá de los límites de una casa productora. Se trata entonces de entender la continuidad como una dinámica dialéctica, transformadora en sí misma, para nada caprichosa, como la llamaba Guiteras; una prolongación y persistencia en los contenidos que nos animan y no necesariamente en las formas de asumir el riesgo, tanto en la obra misma como en la manera en que se conduce la industria, de lo contrario nos someteremos al “imperio de las circunstancias” y eso no le hace bien a ningún proceso, estético o como queramos llamarle.
El libro que presentamos hoy celebra los primeros cincuenta años de una institución que hemos defendido por generaciones, ya sea con el fusil del Titón miliciano, la imagen o la palabra, en función de las difíciles coyunturas que nos ha tocado vivir. Esa defensa, esa larga lucha, incluso con los “moderados” como dice Miguel Mendoza, nos ha otorgado una solidez, como institución, a la que no debemos renunciar; ya sabemos que el crecimiento espiritual y material de una sociedad se erige sobre la fortaleza (nada caprichosa, insisto) de sus instituciones.
Sirvan pues estas conversaciones para hacer un repaso de la herencia cultural que nos legan; cómplices, incómodos o apocalípticos, pero instruidos y consecuentes. Entonces tendrán otro valor, quizás profético, las palabras con las que concluye Titón esa carta del 25 de marzo de 1965: “Acaba de llegar mi relevo, me voy a dormir”.
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Caro Diario
NOTA DE CONTRACUBIERTA
Los cuentos, fábulas, relatos más o menos extensos y alguna que otra viñeta reunidos en Caro Diario, libro estructurado a partir del formato que seguían los programas de exhibición de nuestras salas de cine durante las décadas del 70 y el 80, abordan una multitud de temas que van de la realidad insular- presente y/o pretérita- a otras realidades, mitos y leyendas de cualquier época y sitio. Textos en su mayoría para ser leídos en clave cinematográfica, unos jocosos, otros dramáticos, otros, inclusive, trágicos, no te dejarán indiferente en modo alguno – palabra de lectora -, máxime si eres, como el autor, un cinéfilo empedernido.
Palabras de presentación del autor
Caro Diario es el nombre de una película de Nanni Moretti, aquella en que el propio guionista, actor y director, se pasa el tiempo montado en su moto Vespa, visitando lugares del sur de Italia, con la esperanza de tropezarse con Jennifer Beals, la actriz de Flashdance; y aunque el libro que les presento es consustancial al cine, no guarda relación con la historia de Moretti, si lo menciono es para advertir que el título no es novedoso ni pretende originalidad. Otros muchos libros y películas componen sus títulos con la palabra diario: recuerden Diario de un cura rural, o de una camarera; El diario de Ana Frank…), todo ello presupone la narración de una trascendente y dramática experiencia de vida
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notas críticas
Laidi Fernández de Juan
Palabras de presentación de Caro Diario
Caro Diario es el nombre de una película de Nanni Moretti, aquella en que el propio guionista, actor y director, se pasa el tiempo montado en su moto Vespa, visitando lugares del sur de Italia, con la esperanza de tropezarse con Jennifer Beals, la actriz de Flashdance; y aunque el libro que les presento es consustancial al cine, no guarda relación con la historia de Moretti, si lo menciono es para advertir que el título no es novedoso ni pretende originalidad. Otros muchos libros y películas componen sus títulos con la palabra diario: recuerden Diario de un cura rural, o de una camarera; El diario de Ana Frank…), todo ello presupone la narración de una trascendente y dramática experiencia de vida. Es también Caro Diario el título del último cuento de este volumen, usanza recurrente en los patronímicos de muchos libros de cuentos; los autores suelen encontrar un texto cuyo enunciado sea atractivo a los ojos de los futuros lectores, algo que convide a leer, que invite a comprar. Confieso que éste no es el caso.
Mi padre, a quien dedico este libro, se llamaba Arcadio pero todos le decían Caro. En su natal Manzanillo nuestras familias se dividían entre los Arcadios y los Arturos. Tan es así, tantos eran, que para diferenciar a unos gemelos decidieron nombrarlos: Arcadio y Don Arcadio; Don como primer nombre. Uno de mis hermanos también se nombra Arcadio y todos le decimos Carito, pero esta referencia a la tradición familiar tampoco es el motivo del título. Lo cierto es que el término caro, según su etimología, es algo querido, amado; pero también es sinónimo de lo subido de precio, gravoso, dificultoso, que cuesta mucho. El diccionario menciona su acepción médica: del griego káros, sopor con pesadez de cabeza, se atribuye al grado más alto del coma, acompañado de una insensibilidad tan completa que ningún estimulo puede excitar. Este último significado guarda alguna analogía con el origen del título, pero en una interpretación completamente opuesta. Porque este Caro Diario es el resultado de un fuerte estimulo inicial que, por demás, logró excitarme: la frustración. Muchas de las historias que he imaginado como películas, más cortas o más largas, de ficción o documental, y a las que no veía posibilidades de concretarse en imágenes fílmicas, por las disimiles razones a que nos sometemos, se convirtieron en literatura. Fue ella, la literatura, como para otros la guitarra, la compañera que me auxilió en los naufragios del ánimo. Este libro puede reseñarse como el diario de este largo proceso donde se acumulan los años, difícil y angustioso, pero muy querido.
Sea por la pasión del buen lector o el ejercicio de escribir, todos los presentes en esta sala conocen que la Literatura tiene algo de tramposa seducción, ella sabe bien como tender los rediles de su encanto y, una vez enamorado, es muy difícil librarse de sus nudos inasibles. De manera que lo que comenzó como un refugio de sinsabores, fue convirtiéndose en un cuerpo independiente y saludable que adquiría, en el cursar del tiempo, su propia dignidad literaria; la meretriz se fue haciendo señora. Poco a poco, a buchito, las fronteras entre cine y literatura borraron sus límites. Ustedes podrán leer cuentos que después de fatigosa espera se convirtieron en película, como son los casos de Los setecientos golpes y Maldito Bresson, que sirvieron de cepas para La noche de los inocentes, o El misterio de las aguas que inspiró un documental del mismo nombre y demoró siete años en ser concluido. Pero también se sucedió el fluir a la inversa, la experiencia de un rodaje en las playas de Galicia, afectadas por el desastre del petrolero Prestige, provocó el cuento titulado El beso oscuro de la mar; y muchas de las secuencias que fueron al cesto de los descartes en Breton es un bebé, encontraron su amorosa presencia en el cuento que nombra este libro.
No obstante quiero dejar por sentado, ante los escritores presentes, que no aspiro a convertirme en un profesional de las letras, tengo suficiente con las intrigas y pensamientos del gremio cinematográfico, como para querer sumar al enemigo rumor, la fina ponzoña de los poetas. Prometo que seguiré insistiendo con el cine, a pesar del doloroso silencio, acabo de presentar un nuevo proyecto con adaptaciones de Boccaccio, quien sabe si con historias del Medioevo corro mejor suerte. Lo que no puedo prometer tajantemente es que nunca regresaré a estos hechizados rediles, quizás algún estimulo consiga ese grado de excitación que me saque del coma, un acto de exorcismo provocado por la trágica cotidianidad que encuentra alivio en las letras, quién sabe si caminando por una de estas calles me tropiece con Jennifer Beals, la actriz de Flahsdance, y me pide que le cuente una historia; y eso, queridos amigos, en esta hermosa ciudad, podría suceder mañana.
Junio del 2012.
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por Laidi Fernández de Juan
Del Caro diario de Arturo Sotto
Para estimular la lectura de un libro, frecuentemente se utiliza la frase: se lee con facilidad, de un tirón, con fluidez, con el propósito de que el público potencial reciba el anuncio, antes de comenzar a sumergirse en las historias, que resultará agradable el viaje simbólico que se le propone. También sucede que, a manera de elogio, el crítico o promocionista haga referencia a la temática única que aborda el libro, otra vez con el objetivo de halagar al autor o a la autora (que supo y pudo mantener una misma línea argumental) y, además, entusiasmar al lector con la advertencia de que no tendrá que variar ni de escenario ni de asunto. Estas reglas no escritas cumplen sus funciones, pero, como en toda materia sujeta a normas, existen excepciones, casi siempre incomprendidas, dada la complejidad que implica su rareza. Caro diario (Ediciones UNIÓN, 2012), del director y guionista cinematográfico Arturo Sotto es un ejemplo de esta última singularidad.
Veintitrés admirables narraciones integran el volumen, divididas en cuatro secciones o capítulos que intentan recrear el orden en que eran exhibidos los materiales fílmicos en las salas de cine de los años setenta y ochenta: Noticiero, Dibujo animado, Documentales y Ficciones, siendo en este último acápite donde el autor muestra sus mejores armas, su fabuloso talento para inventar historias. Cabría esperarse (y dicha expectativa encuentra espacio en varias de las más de doscientas cincuenta páginas del libro), la presencia inevitable de personajes o de situaciones pertenecientes al mundo del cine. Sin embargo, el esquema del oficio, el marco limitante de la profesión original de Sotto resultan violentados de forma espléndida. Muchas de las historias, es cierto, se ven (más que se leen) cual si estuvieran filmadas y no contadas, pero no estamos ante réplicas de guiones truncos, sino ante el giro del lenguaje que exige la narrativa en su sentido más puro. He ahí el que quizás sea el mayor atractivo de Caro diario: un sorprendente ajuste a la técnica narrativa más rigurosa, capaz de sobrevolar la destreza lógica de un guionista y director de cine, quien ya tiene a su favor el poder y el dominio de generar con coherencia la estructura gramatical de un suceso real o imaginario. Bien lo dice una de sus criaturas literarias: el cine es, en sí mismo, la suma de todas las artes. (P. 201)
De tal suerte, y ante la multiplicidad de temáticas que aborda este libro (el amor, la sexualidad en todas sus variantes, la lealtad, la miseria, la decadencia de la aristocracia, las obsesiones humanas) no es posible anunciarlo como de fácil lectura, sino todo lo contrario: es un volumen de historias que para su mayor disfrute, requiere de espacio físico y temporal entre una narración y otra (asi son de impactantes). A nuestro juicio, varios eslabones permiten identificar en el narrador Sotto un estilo particular que no pretende imitar a nadie ni tampoco ser rotundamente original, (recordemos la sentencia todo autor enteramente original será enteramente malo): el elogio y la búsqueda de la belleza corporal, a la cual atribuye gran importancia ¸ el templo y el ambiente religioso en tanto imagen apaciguadora de ímpetus (Domingo de resurrección, Día de Reyes, 1958, La lectora justa), y el afán por tributar respetuosa reverencia a la Historia, no solo de su nación, sino, sobre todo, a través de homenajes que va rindiendo, ya sea a grandes artífices de la gran literatura universal (Lezama, Piñera, Hemigway, Sándor Márai, Bulgakov, Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cortázar), de la dramaturgia consagrada (Ibsen, O Neill, Lorca), a figuras de las artes escénicas en su sentido amplio (Isadora Duncan, Bresson, Buster Keaton, Humphrey Bogart )y a artistas en general (Lam, Breton, Picasso)
Aunque delimitar de forma obvia la ideología o el contexto histórico en que se desarrollan las peripecias de sus cuentos no sea intención explícita del autor, a través de sutiles frases que se desgajan con aparente inocencia, somos capaces de ubicar el momento y la elección ética de quienes protagonizan el drama puntual en cada caso (Carmelina Garrigó, Manigua nacional, La zanja) y el insuperable monólogo El Guardalennon, estremecedora confesión de un personaje “umapista”, si se me permite la expresión.
Otro elemento curioso en este libro ya de por sí peculiar, es la alusión, siempre en tono laudatorio, del ambiente provinciano. Aunque en la ficha biográfica de Sotto se señala La Habana como el sitio donde nació, una explícita admiración por lo que se ha dado en llamar “la provincia” aparece en varias de las narraciones. Ya sean ciudades como Santiago, Manzanillo, Camagüey, Matanzas, o regiones menos conocidas (Majagüey), encuentran espacio en este libro, por otra parte plagado de alusiones geográficas que se ubican mucho más allá de nuestras fronteras. En contraste con la forma escueta que dedica a Nueva York (El negocio del siglo), a Jerusalén (Elogio de la metáfora), a España (El beso oscuro de la mar), por mencionar algunos ejemplos, el autor se detiene en nuestras zonas con especial esmero. En el seguramente “filmable” texto El mártir imaginado, aparece la siguiente reflexión, demostrativa de lo dicho antes: Cuando llegó a Majagüey y dijo que era un filólogo la gente le quiso improvisar un guateque […] Majagüey no tiene calle principal, ni iglesia, ni alcaldía ni santos. […] Lo apodaron “el veterinario de las palabras”, una manera de honrar la primera impresión que dejó el arribo de un intelectual al pueblo. Este segundo sobrenombre le pareció más original que el universitario, corroborando, una vez más, la superioridad poética del hombre rural.(p.108)
Espero haber brindado suficientes estímulos que inciten la lectura de este magnífico libro de cuentos que combina el rigor con la hermosura, la renovación con la tradicionalidad literaria, a resultas de lo cual se cumple un aforismo que deberían tener en cuenta muchos jóvenes narradores, y que dejo en boca del propio Arturo Sotto: de nada vale saber cómo se usa la técnica si no tenemos idea de la belleza. Un libro tan hermoso y bien cuidado como Caro diario no merece la indiferencia que hasta el presente se le está prodigando en nuestro ámbito cultural.
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